Un pozo de agua es una obra de la que, una vez terminada, no se ve nada. Todo lo que se sabe de él es indirecto: cuánto da, a qué nivel trabaja, qué análisis arroja el agua. Cuando algo empieza a fallar, el diagnóstico se hace por descarte y ahí es donde se toman las decisiones caras con la peor información.
La video inspección rompe eso: una cámara recorre el pozo y muestra lo que hay. El estado del encamisado, dónde están los filtros y en qué condición, empalmes abiertos, incrustación, roturas, tramos colapsados, entrada de arena y de dónde viene. Con cota, tramo por tramo.
El operativo de filmación lo ejecuta un equipo especializado que se contrata para el trabajo. Lo que aportamos es lo otro, que es lo que convierte un video en una decisión: definir qué hay que ir a buscar y hasta dónde, leer las imágenes contra el perfil de la perforación y contra el ensayo de bombeo, y emitir un informe que diga si conviene rehabilitar, reparar o cegar y perforar de nuevo. Entre esas tres opciones hay un orden de magnitud de diferencia.